lunes, 22 de septiembre de 2008

la buena vida_andrés wood

... la cicatriz del diario pasar de un Santiago entristecido.




No, no es mi propósito, pero nuevamente me sorprendo comentando una película chilena. Ah! pero vale entonces partir diciendo que si bien es chilena es una película decididamente más universal, sin mochila política, sin recargo de imágenes, sin lenguaje kitsch ni resalte del latinoamericanismo cada vez más ausente de este país. Aquí son las emociones cotidianas, la cruda realidad del día a día y lo terrible que se nos presenta el conflicto humano, lo que logran -según yo- estremecer la médula de quién pueda estar presenciándola. Ni el Santiago y sus problemas de movilización, tampoco la indignación endémica ya natural del chileno clase media (eufemismo de quienes no tienen el apellido, la historia o el dinero para autoclasificarse en otro segmento) que parte y termina su jornada poniéndole el hombro a lo que le toca vivir como designio, ni tampoco lo urbanamente local que resultan estas tres historias entrelazadas y unidas sutilmente por una cuarta, contrarestan la potencia del voyeurismo de lo que las familias suelen esconder, el fracaso generacional, el deseo obsesivo por el logro y la posición, en definitiva, la frustración de ser lo que no se alcanza a ser.

Teresa, un interesante papel de Aline Kuppenheim, como la clásica profesional que alguna vez fue la promesa que fundamentó el autoproyecto fracasado, entregada a la causa social, viva por fuera pero seca por dentro. Menosprecia a su ex marido (un Alfredo Castro quizás más brillante en su rol "normal" que el de Tony Manero en extremo sobreactuado e innecesario), sin embargo se siente permanentemente vencida por él y cuyo patético clímax de la impotencia femenina es el rechazo sexual de este bueno para nada. Ambos enfrentan la difícil y desigual paternidad de una hija adolescente (la Martelli). Mario (un correcto Eduardo Paxeco), músico formado en Berlin, obsesionado, deja todo: Europa, novia, juventud y aspira a nada salvo ser el clarinetista de la Filarmónica, incluso está dispuesto a tocar en la banda de carabineros. La vida se encargará de enfrentarlo con lo verdaderamente importante. Edmundo (un entrañable Roberto Farías), un peluquero más charlatán que ducho en la materia, a los 40 años es incapaz de independizarse económicamente y emociomalmente de su madre viva y de su padre muerto. Su vida transcurre en el dilema ético entre tener un auto, cumplir en su trabajo, tener polola o darle sepultura a su padre a punto de ser exhumado.

Todos tienen muy poco, y no hablo solo de dinero en el caso de Mario y Edmundo al menos, hablo de una vida normalmente pobre porque la riqueza está puesta afuera, en la aspiración a tener. Paradojalmente (aunque no tanto) estas tres historias están unidas por la peor de todas, una mujer anónima, madre de un bebé, mendiga de semáforo y gravemente enferma.

Película coral, al estilo de González Iñárritu o del -a mi juicio-genial e irregular Paul Thomas Anderson, a ratos y guardando las proporciones, me pareció ver alguna secuencia de Magnolia, especialmente casi al final, con una nostálgica música incidental que muestra a estos personajes reconocibles, vulnerables y dejados de la mano de Dios, que continúan enraizados en este canon que es la vida misma.

Bien Wood, por ahí va la cosa para el cine chileno.

(Mención aparte el sorprendente cierre de Chinoy)

nota: 5,5 (escala de 1 a 7)

2 comentarios:

MK dijo...

Me has sorpendido con tu comentario...

Katinita dijo...

Hola,

Aunque le hayas puesto sólo un 5.5, tu comentario hizo que me dieran ganas de ver este film. ¡Muy buen escrito!

Una amante del cine, you know.

Katina